El Cosmos de Zaffeth Frobisher

 

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Dedicado a...

A Zanthiago, alias "Tha' Shady Bitch".
Y recuerda:
Si no puedes amarte a ti mismo, ¿cómo diablos vas a amar a alguien más?
¿Puedo escuchar un 'amén' por aquí?

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Introducción

A través de la ventana del auto veía los árboles barrerse hacia atrás rápidamente, yo recordaba una vez más lo que nos hizo huir de casa... Una nueva vida se me estaba presentando, pero era una vida tan incierta como la cantidad de hojas que cada árbol tenía y no podía contar, debida la rapidez con la que iba el auto. Papá se encontraba preocupado…, podría decir que se encontraba molesto —no quería dirigirme la mirada para nada— y mamá…, bueno, mamá tampoco se mostraba muy no indiferente.

Los días anteriores habían sido todo un caos; un caos cósmico. Sin embargo ahí estábamos los tres, en un auto yendo a una ciudad con un nombre tan pretencioso como lo que creía que sería la ciudad. Un nombre como Little Stohl no caía de la nada, y preocupado me encontraba porque una mente como la mía tampoco caía por suerte. Había dejado todo allá por mi seguridad, y mi familia no estaba dispuesta a que yo volviera a mencionarlo…

Básicamente, tenía prohibido amar a alguien más. Tenía prohibido besarle, tenía prohibido quejarme por el odio o por cualquier cosa mala que me sucediera, porque, ante aquellos ojos que nos hicieron huir de nuestra vida allá y a ojos de mis padres, me lo tendría merecido.

En pocas palabras, había perdido cualquier tipo de convicción que me atara a ser quien yo deseara; y en ese momento, en el que a pasos agigantados nos acercábamos a aquella ciudad que de seguro sería horrenda, mi mundo se debilitaba..., yo me debilitaba. Y con esos mismos pasos agigantados, irónicamente algo estaba sucediendo lánguidamente, con muchísima paciencia, esperando mucho tiempo por algo que yo desconocía: yo me desvanecía.

Yo, Zaffeth Frobisher, dejaba de ser yo.

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1 El País de los Gnomos en la Tierra de Oz

1


El primer día de Zaffeth en la nueva escuela no estaba siendo como él lo imaginaba; gracias a las series de televisión y a las películas anegadas en clichés, él se esperaba una bienvenida hostil, con los jugadores del equipo de fútbol molestándolo a cada paso que daba y las chicas populares haciendo comentarios venenosos a sus espaldas cuando él caminara a su lado. Se imaginaba que su primer amigo sería un nerd cualquiera que fuera la comidilla del resto de la escuela y que al final de ese primer capítulo se encontraría a quien por el resto de esa primera temporada sería su primer amor de preparatoria —esa persona que casualmente es la más bella de toda la escuela y, sin quererlo, lo haría suspirar cada vez que el aroma de su cabello lo alcanzara, o cuando sus ojos resplandecientes le mirasen por pura casualidad… y todas esas tonterías—.

Pero no, nada de eso estaba sucediendo; la realidad era, que cuando Zaffeth entró al edificio escolar, nadie se había percatado de su presencia. Caminó por un largo pasillo y nadie le volvía la mirada, no porque no le conocieran, sino porque parecía no estar allí.

Me parece que la gente de aquí no es como en Carolina del Sur…, pensó Zaffeth, una impresión así comenzaba a ser recurrente en su cabeza, ya que habían pasado dos gloriosos días después de la mudanza en los que él se hubo paseado por las calles de Little Stohl. Había cafeterías de diferentes cadenas comerciales a cada contra esquina y suficientes tiendas de ropa como para volverse loco. De cualquier modo, la ciudad no le parecía tan horrenda como él esperaba que lo fuera…, pero al estar esperando una mala versión de Manhattan, él se había encontrado con una versión todavía peor… pero de Ciudad Gótica; y la escuela no estaba siendo una excepción: los alumnos supuraban un aura lúgubre por sus poros, lo que para Zaffeth no era ideal, ya que si él se estaba esperando una bienvenida como lo hacen en la televisión, tal vez la obtendría de una manera mucho más siniestra e inesperada. De pronto, Zaffeth se encontró con una dificultad: estaba tan concentrado en la indiferencia de sus nuevos compañeros y de tantas cosas más, que no se había percatado de que había llegado a un punto de la escuela en el que, pensó, el arquitecto del edificio debería de avergonzarse y exiliarse a México, donde los edificios feos no eran vistos con malos ojos… Es decir: Zaffeth Frobisher se había perdido.

El chico de apenas diecisiete años se encontraba en un punto central del edificio, del cual se desprendían seis pasillos, y gracias a que su mala suerte era más de la necesaria, no sabía de cuál pasillo había salido él a esa plaza que, en lugar de tener un techo de concreto a siete pisos de altura, tenía un tragaluz que, de seguro, a mediodía apuntaba directamente al sol. Apenas eran las siete y cuarto de la mañana, todavía tenía tiempo de experimentar aquellos seis pasillos para ver cuál sería el que lo llevara a la oficina del director Lewis; se acercaba a otros alumnos para pedir referencias pero, como ya había sucedido, el chico estaba siendo tan ignorado que comenzaba a dudar de su propia existencia, no tenía por qué dejarse llevar por el pánico, debía de tenerlo todo bajo control para evitar las burlas de los demás; sin embargo, cargar con un morral que acompañaba las vueltas un poco apresuradas para intuir qué pasillo contendría qué, según él, llamaba la atención. Hasta que…

—Así son todos en esta escuela —mencionó una voz masculina a las espaldas de Zaffeth. El chico se volvió adonde provenía esta voz que había hecho el comentario jocoso y descubrió que allí había un chico de tez blanca, ojos verdes un tanto irrelevantes, cabello castaño y casi rapado. Aquél chico era de la estatura de Zaffeth (que apenas si iba un par de centímetros arriba del promedio). Era apuesto… y sonreía abiertamente.

—¿Todos…? Tú pudiste verme —dijo Zaffeth, que tenía sus manos aferradas a las correas de su morral que colgaba de sus hombros. Para él, aquella reacción no debía de sorprender a nadie, ya que si nadie podía (o quería) verlo, aquél que sí pudiera (o quisiera) debía de estar tramando algo que no había de ser obligatoriamente bueno.

—Sí, bueno... —comenzó este chico, cuya sonrisa se mantenía estoica—. El director Lewis me encargó el viernes que encaminara al chico nuevo a su oficina… Te estaba esperando en la entrada pero no presté mucha atención, si te soy sincero.

Zaffeth permaneció en silencio, y su rostro de venado poniendo el ojo a su cazador tampoco se esfumó. El chico de cabello castaño tal vez esperaba un comentario jocoso por parte de Zaffeth, pero al recibir en su lugar un mensaje etéreo que decía "Por favor continúa", él continuó:

—Bien, ahmm... —el chico borró su sonrisa por primera vez en la conversación, lanzó las inflexiones típicas de un chico que no recibe las respuestas esperadas y balbuceó un par de veces antes de hilar palabras—: Sabía que llegarías a este punto y que no sabrías qué hacer…, a todos les pasa.

—Oh, ya veo... —Fue lo único que dijo Zaffeth.

—Soy Logan. Logan Denbrough —dijo el chico de cabello marrón al tender la mano.

—Zaffeth Frobisher —respondió al estrechar la mano de Logan y sonreír medianamente por primera vez. La mano de Logan había sido firme, Zaffeth se fijó que varios músculos del brazo del chico habían bailoteado como lo suelen hacer los músculos de los deportistas. De seguro era uno de los deportistas de los cuales debía de estar asustado. Al soltarse la mano mutuamente, el chico sintió cómo la sangre regresaba a su mano y comenzaba a hormiguear.

No sé qué tienen los deportistas por estrechar manos con suficiente fuerza para ahorcar gatos…, pensó el chico un momento antes de que Logan tomara la palabra una vez más:

—El Director me pidió que te diera un recorrido por la escuela una vez que firmaras tu inscripción.

—Y esto lo estás haciendo porque… —Zaffeth interrumpió su oración para que Logan la completara:

—Porque así me liberaré del primer periodo de clases, y el recorrido podemos completarlo en cuarenta minutos.
»Vamos, acompáñame.

Ya nos estamos entendiendo…, pensó Zaffeth cuando Logan al fin había cerrado la boca.

2

Bien lo había mencionado Logan: el recorrido por la escuela no era tan laberíntico como se presumía, pero aun así, Zaffeth consideraba continuamente lo del exilio del arquitecto del edificio. Habían pasado apenas veinte minutos y el chico ya conocía todos los salones donde tendría sus clases principales más un par de laboratorios y auditorios. Asimismo, las impresiones que Logan iba dejando en el camino iban mejorando: aunque Zaffeth no quisiera admitirlo, era un chico agradable, nada comparado a sus compañeros o "amigos" en Carolina del Sur; y eso lo había escandalizado, porque él estaba completamente acostumbrado a un tipo de trato completamente opuesto. Se sentía cómodo con la compañía de Logan, y Zaffeth no sabía cómo tratar a este chico que estaba fungiendo como guía turístico. Zaffeth solamente le dirigía sonrisas medias y respuestas monosilábicas. Es más, en lugar de sentirse alborotado con la hospitalidad de Logan, se sentía aterrado.

—¿Y cómo te sentiste firmando tu contrato con el Diablo? —preguntó Logan que caminaba a un costado de Zaffeth por un pasillo que conducía al patio trasero de la escuela. Al principio, Zaffeth no había captado la broma, pero una vez entendida, sonrió expresamente por primera vez en el día (aunque con su mirada fijada con pegamento en el piso que aún apestaba a cloro), lo cual pareció complacer al otro chico. Y entonces, Zaffeth respondió:

—Bueno… me sentí raro, esa secretaria era un poco…

—Escalofriante, ¿verdad? —intervino Logan, y Zaffeth asintió apremiante con la cabeza—. La mayoría de las personas en esta ciudad son escalofriantes. Te sugiero que te vayas acostumbrando.
»Esto es todo lo que necesitas saber por hoy; con el tiempo conocerás mejor el lugar.

Logan permaneció callado un momento y miró a Zaffeth con intriga; obviamente esperaba una respuesta que fuera más allá de un "Okay", pero al no obtenerla...

—No eres alguien de muchas palabras, ¿verdad? —preguntó Logan, esperó un buen rato en lo que ambos se encaminaban a la plaza la escuela (adonde Zaffeth se había perdido). Zaffeth no sabía qué responder: se había sentido atacado con la pregunta de Logan, pero sabía que su intención no era dañarlo, pero confiar en él siendo que él podía ser uno de esos deportistas abusivos, todavía no le parecía sensato; confiar en quien fuera a esas alturas no le parecía sensato. Aquello revoloteó en su cabeza por suficiente tiempo hasta que se percató de que Logan se había rendido: ya no esperaba por una respuesta que fuera mínimo de un reglón. Entonces, ahí fue cuando Zaffeth realmente comenzó a meditar sobre quién era la persona dañina en ese momento.

—¿Eres del equipo de fútbol? ¿Hay algún tipo de ritual en el que saldré muy lastimado o humillado? —Al igual que Zaffeth anteriormente, Logan impactádose por tal barbaridad que la boca de Zaffeth había preguntado, y eso se pudo reflejar en su rostro, perplejo como cuando un infiel es atrapado con las manos en la masa. La cuestión ahí era que Logan no había hecho nada malo todavía como para que Zaffeth solamente estuviera considerando el daño que podría o no hacerle él. Apenas era su primer día en esa escuela (pero solamente para firmar su inscripción y dar un recorrido; su primer día de clases sería hasta el día siguiente), estaba en su derecho de tener las sospechas que quisiera, pero por el sólo hecho de ser hospitalario, ¿por qué seguía pensando que recién había llegado al país de los gnomos en la tierra de Oz? Al menos, así lo consideraba Logan Denbrough.

—Vamos afuera, Zaff. ¿Te puedo llamar Zaff? —preguntó Logan, quien recibió una respuesta afirmativa que había consistido en un segundo asentimiento mudo con la cabeza, pero esta vez, el asentimiento había sido temeroso, Zaff aún continuaba esperando un golpe por la espalda—. Te explicaré lo que desees cuando tenga un cigarrillo en la boca.

3

Logan tendió la cajilla de cigarrillos a Zaffeth, quien cautelosamente tomó uno y se lo llevó a la boca mientras miraba a todos lados.

—Tus padres no lo saben, ¿eh? —preguntó Logan cuando sacó un encendedor del bolsillo de su chamarra de cuero. Había notado que el chico frente a él estaba muy asustado por cualquier cosa, pero no lo entendía. El chico no se veía con marcas de golpes ni nada que diera un indicio de por qué actuaba como actuaba.

Y una tercera vez, Logan recibió una negativa muda como respuesta a su pregunta al encender el cigarrillo del chico de cabello negro y peinado peculiar.

—No, no soy del equipo de fútbol, solamente soy alto y hago ejercicio —comenzó Logan, quien dio una calada a su cigarrillo.

—Okay, amm, eso es… una buena noticia —dijo Zaffeth, quien al fin había abierto la boca como si se tratara de un milagro.

—¿Por qué tienes tanto miedo de mí? —dijo Logan con un atisbo de irritación en la voz.

—Yo, amm...

—No, espera, espera, no me digas: eres el chico que viene de un pueblo perdido en medio de la nada en el que fuiste tratado como una mierda, y ahora solamente sabes tratar a los demás de esa manera.
»Déjame adivinar una vez más: viniste a una ciudad con tus padres esperando una vida mejor, pero una vez que pisaste estas tierras, te diste cuenta de que tal vez no era una buena idea, ¿estoy en lo correcto, o mejor dejo de especular?

Zaffeth dio una profunda calada a aquél cigarrillo que tenía un agradable sabor a menta y, al exhalar, dijo:

—Sí, algo así… Bueno, sólo la parte del principio. En realidad nadie quería venir aquí, es sólo que… no sé…

—¿Por qué estás aquí? —preguntó Logan.

—Yo, amm... Yo... cometí un error en el pasado. Eso es todo. —Tanto Logan como Zaffeth sonrieron por mero compromiso, y el chico continuó—: Eres un chico muy agradable, Logan; me gustaría que fuéramos amigos… ya sabes, como Jimmy Fallon y Justin Timberlake.

Logan exhaló una inflexión junto con el humo de su cigarrillo cuando esas palabras fueron recibidas. Pero su sonrisa nunca se desvaneció, esa sonrisa fue endosada con una risa que a los oídos de Zaffeth habían sido una música que le daba una grata bienvenida a esa vida de la cual estaba temeroso al momento de ir cruzando la carretera a Little Stohl.

—Como tú quieras, Zaff —declaró Logan con júbilo—. No necesitabas pedírmelo. Digo, voy un grado adelante de ti, pero está bien.

Zaffeth sonrió con torpeza. Al fin sintió que era bienvenido en algún lugar desde hacía mucho tiempo; y aunque ese lugar no fuera exactamente físico, inmediatamente se sintió abrumado por la cantidad de emoción que Logan estaba derrochando en grandes vómitos a través de esa sonrisa blanca cual primera nevada del invierno. Era una sonrisa resplandeciente la que provenía de Logan, pero también era completamente incorrecta para Zaffeth. Él tenía especificado que se comportara cuando hablara con una persona; no debía de sentirse tan extasiado ni sonreír como lo estaba haciendo Logan, porque… ¡porque no! ¡Estaba mal que lo hiciera! Y sabiendo eso, el chico dijo:

—Creo que tengo que irme a casa; mi mamá me ha de estar esperando. Gracias por lo que hiciste hoy. —Zaffeth rápidamente se dio la vuelta, cabizbajo… claramente, muy confundido.

—¿Por qué me lo agradeces? —respondió Logan con intriga cuando Zaff ya se había apartado un par de pasos de él. Zaffeth esperaba a que Logan tuviera la suficiente perspicacia para deducir por qué estaba siendo agradecido y, al no ser así, se detuvo en seco para pensárselo un par de veces… En efecto, aquello iba más allá de la comprensión de su nuevo amigo. Así, el chico de cabello negro y ojos grises cual concreto se volvió lentamente hacia Logan (quien aún sonreía como una caricatura de Disney), y le comentó lentamente:

—Yo no existo, Logan; soy invisible… y lograste verme.

Antes de que pudiera darse la vuelta una vez más para emprender su camino a casa, Logan le respondió con entusiasmo:

—No tienes por qué agradecerme. No hay nada de malo en ser así, y por si querías saberlo, el cosmos comenzó siendo así… Invisible, inexistente.

—¿Y eso qué tiene que ver con el show de Ellen, Logan? —preguntó Zaffeth. Era claro que él tampoco tenía un poder de discernimiento demasiado alto como para entender esa clase de frases que proliferaban en Twitter y que en realidad no tenían ningún sentido. Logan de inmediato lo captó, y sonrió una vez más, antes de responder:

—Todos tenemos derecho a sentirnos irrelevantes, Zaff; de eso se trata el origen de todo.

Zaffeth echó una sonrisa muy pequeña y traviesa, se acercó un paso a Logan, quien estaba por terminarse su cigarrillo y dijo:

—Suena bien, nuevo amigo. Cosmos, origen, mierda por el estilo; esperaba que pudieran pasar un par de días antes de caer en lo de las frases emotivas.

—No soy esa clase de chico —dijo Logan, mostrando júbilo nuevamente—. Esta no es esa clase de escuela, y esta no es esa clase de vida.

—Eso sí tiene sentido. Hubieras comenzado por ahí desde el momento que me encontraste —dijo Zaffeth al darse la media vuelta definitivamente, y al haberse alejado unos diez pasos, sintió que Logan aún estaba allí, esperando quién-sabe-qué. Quedaba un gigantesco remanente de desconcierto por lo que estaba sucediendo; se sentía como si de pronto aquél pueblo de Carolina del sur hubiera estado a millones de años de distancia de aquél momento, en el que ya tenía un nuevo amigo que le daría consejos para apuntar en la primera hoja de su libreta, o frases medio pretenciosas para poder sentirse mejor en un mal día que casualmente fuera lluvioso. Esa clase de primeros días y primeras impresiones no solían ser frecuentes en la vida de nadie, y mucho menos en la de Zaffeth Frobisher, que quería continuar siendo invisible… preferentemente inexistente. De verdad que lo intentaba con todas sus fuerzas pero… al igual que con la adicción a los cigarrillos, Zaffeth consideró que no podía obedecer en todo a sus padres y que, aún si así lo hiciera, no los complacería ni a ellos ni a nadie; ellos sabían que aquél error en el pasado cometido por Zaffeth era imperdonable; monstruoso. Entonces, al haberse alejado quince pasos ya de la entrada de la escuela, Zaff se dio una vez más la vuelta para descubrir que ahí seguía Logan, viendo cómo partía hacia su hogar. Zaffeth levantó su brazo derecho hasta la altura de su cabeza y comenzó a moverla a modo de despidida.

—¡Nos vemos luego, nuevo amigo!

Así, Zaffeth caminó hacia ese lugar que tenía que llamar hogar. Ese lugar donde, precisamente, nadie lo estaba esperando ni con ansias ni con nada. Su hogar, era ese lugar que él, desde antes de mudarse, lo había llamado: El regreso a la terrible, cruda, y decepcionante realidad.

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